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Periodismo e Internet: cuatro dilemas éticos

Por Andrés Azócar, ex director digital Canal 13 y CEO Ubik

Internet ha cambiado casi todo. Y todavía no logramos entenderlo. Desde 1994, el año en que Netscape vio la luz, el periodismo comenzó su propia revolución, que después de 26 años ha traído malas y buenas noticias. Si la mirada se hace sobre la democratización de la información, la evaluación es positiva; si se hace sobre el modelo de negocio, el golpe ha sido dramático. Pero hay una discusión igual de importante. ¿La revolución digital ha hecho más ético o menos ético al periodismo? 

Dilema 1: Tráfico versus calidad de la información

En los primeros años, los medios vieron en Internet una manera de amplificar sus audiencias. El modelo de negocios sería la publicidad. Muy pocos pensaban en cobrar por contenidos y quienes lo hicieron, fracasaron. Internet era el terreno de la libertad. Al poco andar los medios se dieron cuenta que la publicidad digital no era una panacea. El cálculo fue el siguiente: de cada US$10 que se perdían en el papel, recibían US$1 por Internet. Esta pésima noticia llevó a los medios a confundirse. Cerrar sus sitios era perder el poco dinero que ingresaba por digital y menos personas estarían en contacto con su contenido. La fórmula fue generar contenido que atrajera muchas visitas. Y ese contenido, en general, fue contenido basura.

Este es el pecado original del periodismo digital. La presión por generar contenido que aumentara el tráfico llevó a muchos medios a olvidar fundamentos tradicionales: chequeo de información, gestión de fuentes, no usar contenido de otros, no dar pantalla a gente que daña la democracia. 

Unos pocos medios, al ver sus sitios convertidos sólo en no-noticias, buscaron mejorar el modelo de negocios. Ahí está el caso del NYT, el Washington Post y otros, que volvieron a la agenda que los había convertido en medios respetados. Para otros medios el dilema fue mucho más complejo, porque por pocos que fueran, los ingresos digitales (siempre en el borde del 10% de la facturación total) eran la única salida a la caída de los ingresos tradicionales. 

Este es el pecado original del periodismo digital. La presión por generar contenido que aumentara el tráfico llevó a muchos medios a olvidar fundamentos tradicionales: chequeo de información, gestión de fuentes, no usar contenido de otros, no dar pantalla a gente que daña la democracia.

Dilema 2: A quién le damos vitrina

Hace unos meses, Dan Gillmor publicó una columna que desató una larga discusión entre periodistas y académicos. En el texto, el analista –famoso por su libro We the Media– advertía a los medios y a sus profesionales que dejaran de darle espacio a las mentiras. Básicamente, que evitaran dar vitrina a Donald Trump. “Por favor, dejen de dar tiempo a los mentirosos. Dejen de publicar sus mentiras”, fue su grito. Para Gillmor, quien ha mirado la transformación de los medios de cerca, publicar las mentiras del Presidente de Estados Unidos iba en contra de criterios mínimos: éticos y editoriales.

La búsqueda de tráfico llevó a los medios a recoger información sin filtro. Primero los escándalos de la farándula, luego las noticias sensacionalistas y más tarde la polarización, un fenómeno que ha convertido a figuras impopulares para uno y otro sector en fuentes de tráfico. La mayor parte de los medios no toma en cuenta si detrás de esas figuras hay un discurso de odio, un insulto a la ciencia, la difusión de mentiras o simplemente bravatas que levantan la furia digital de la gente. Nada importa, si viene con tráfico y por tanto con una mejora de los ingresos para el medio.

La difusión de las evidentes mentiras de otros es la madre de las fake news. Esa información hoy fluye por las Redes Sociales y luego sale de la boca de políticos o influyentes, con un riesgo para la democracia que los editores no evalúan, porque el incentivo es otro.

La pregunta entonces es cuándo dar tribuna a estos personajes y sus mentiras. “A nivel existencial, se plantea una paradoja: ¿cómo pueden sobrevivir y prosperar las democracias en un entorno de libre expresión sin restricciones? Las democracias tienen éxito por su capacidad para lograr el consenso entre diferentes puntos de vista. ¿Cómo prosperan las democracias en un entorno que requiere cerrar brechas entre realidades alternativas?”, dice el experto en medios digitales Richard Gingras.

Los medios tienen una responsabilidad social. Dar claridad y no confundir a sus audiencias es una de ellas.

La difusión de las evidentes mentiras de otros es la madre de las fake news. Esa información hoy fluye por las Redes Sociales y luego sale de la boca de políticos o influyentes, con un riesgo para la democracia que los editores no evalúan, porque el incentivo es otro.

Dilema 3: Opinión Vs objetividad

Las plataformas sociales dieron voz a los periodistas. Esa fue la primera escena. Muchos buenos comunicadores se lanzaron a Facebook y luego a Twitter para hablar de actualidad, difundir la información que recogían o para poner contexto a las noticias. Poco a poco, algunos se dieron cuenta que se estaba cruzando una frontera. Quién hablaba: ¿el medio o el periodista? De nada sirvió que los medios intentaran un bloqueo o llamaran a sus rostros y firmas a ser cuidadosos. Los periodistas eran, algunos, las estrellas de Twitter.

El dilema solo se ha agudizado, y ya no es sólo una discusión en una Red Social. ¿Hasta qué punto un periodista que defiende una posición, o cuestiona a una institución, no quedará comprometido cuando en el futuro deba escribir sobre lo que hoy critica abiertamente? ¿Tiene un medio la obligación de imponer reglas a redacciones más empoderadas, que a su vez exigen a sus editores tomar posiciones también?

La respuesta, como todo hoy, es compleja. Lo que no es complejo es la lógica de las Redes Sociales. Ellas (las audiencias) no esperan que los periodistas opinen sobre todo. Tampoco los extrañan si no lo hacen. No hay un castigo a quien calle. Sin embargo, un periodista puede seguir entregando información y sobre ella tomar una postura. Hoy hay periodistas que publican datos que complementan o dan contexto. Eso permite que la gente tenga más clara una posición. Pero es sobre la base de información. El límite está más en la sensatez que en la norma de un editor. Sin embargo, la sensatez es un bien escaso.

Dilema 4: Opinión y democracia

La salida del editor de la página editorial de The New York Times en junio pasado mostró que hoy las redacciones de los medios del mundo miden distinto el disenso o la posibilidad de que todos tengan opinión en una sala de prensa. James Bennet permitió que se publicara una columna del senador Tom Cotton que llamaba al ejército a terminar con las protestas desatadas después del asesinato de George Floyd.

Luego de la publicación, se levantó una serie de críticas. La presión se hizo sentir por Twitter, pero también por Slack, la aplicación organizacional que el NYT usa para mantener conectado a sus empleados. El diario estaba bajo fuego amigo. 

Más allá de los errores del ex editor –no había leído la columna que se publicó– el episodio muestra que las redacciones hoy se están mostrando más severas frente a las posiciones editoriales de sus medios. Esto ha sucedido en los grandes diarios de EE.UU. Y seguirá pasando.

El dilema para los editores será hasta dónde un medio que cree en la libre disposición de las ideas –salvo las que deben estar suspendidas por la incitación a la violencia– pueden ser canceladas. 

El asesinato de Floyd despertó a muchas redacciones. Como bien dice Ezra Klein, el editor jefe de VOX. “Los millennials hoy son la generación fuerte y piensan distinto a las generaciones que los antecedieron”. Esta presión alcanzó a Washington Post y al Wall Street Journal. Como también a las grandes empresas tecnológicas, dominadas por jóvenes, como Facebook.

La confrontación de opiniones está en la esencia de los medios. Es ahí donde han llegado los sin voz durante las dictaduras. ¿Qué sucede entonces cuando las opiniones de la redacción comienzan a horadar este principio? Es lo que hoy se conversa y plantea una pregunta para el futuro.

Todo esto no es sino el comienzo de otros conflictos que ha abierto y seguirá abriendo Internet. Los cambios van demasiado rápido para lograr ajustarse a tiempo. La transparencia además impide que esto se convierta en una negociación clásica de muchos medios, cuando las cosas se “resolvían” dentro de una oficina. Los medios se transformarán. Y cómo se resuelvan estos y otros dilemas éticos determinará el futuro del periodismo. No cabe duda.