logo
Bienvenido a Mirador de Medios, plataforma de análisis de medios de comunicación chilenos.
miradordemedios.cl@gmail.com

Últimos tuits


Estudio de @ConectaMedia revela que el Rechazo ha tenido más cobertura en medios que el Apruebo de cara al plebiscito del 25 de octubre.
https://t.co/mVFb05xupj

El editorial de hoy de LT es una acción poco habitual en los medios chilenos (especialmente en los masivos). Pero nos quedan dudas sobre qué es lo que está de verdad diciendo el medio a sus lectores.
Revisa la última columna de Mirador de Medios.
➡️ https://t.co/NG0g6mZFL3 https://t.co/6zis5j00Ot

Muchas gracias a todas y a todos por la recepción que hemos tenido. Nos motiva para entregar un segundo informe y seguir analizando el periodismo chileno y su futuro. A quienes no lo han hecho, les invitamos a conocer nuestro sitio.
👉🏻 https://t.co/ra3FKUhzNY https://t.co/IqNWuiY32M

Luego de décadas trabajando en matinales de TV, Carolina Román escribe para Mirador de Medios. Revisa su columna "Los matinales: ¿Y dónde quedó la gente?".
➡️ https://t.co/e2MlS9EGI2 https://t.co/T0QU8rsUKM

"Aunque parecía que los medios se abrieron a recoger la voces que emergieron desde el 18/O, la realidad que nos muestran los números es que la élite cuestionada, en vez de retraerse del espacio público, trabajó para coparlo". Columna de @gabibade.
https://t.co/KYl96ANLxM

Los matinales: ¿Y dónde quedó la gente?

Por Carolina Román, periodista y ex editora de programas matinales

Cuando a mediados de octubre pasado los matinales comenzaron a dedicar varias horas de su transmisión a la cobertura en terreno del estallido social, jamás imaginaron que en pocas semanas sus pautas darían un vuelco tan drástico. Uno más en una historia de cuatro décadas que partieron orientadas a la compañía y el servicio hacia el público, y que a lo largo de los años ha mutado en una dirección cada vez más clara: no molestar al poder. En los últimos meses, con el status quo bajo amenaza, la gran maquinaria de los matinales fue más allá y abandonó por completo su vocación primigenia para volcarse sin miramientos al objetivo de  mantener la estabilidad del sistema político. 

En los días que siguieron, los equipos de prensa de los matinales se desplegaron en las calles, donde más de una vez fueron interpelados por los manifestantes en vivo y en directo. Una muestra de que la televisión, para esas personas, no solo llevaba años incumpliendo el rol que ellas esperaban, sino que derechamente mentía. Los matinales, por mucho tiempo depositarios de la confianza y el cariño de la audiencia, no se salvaron de la rabia popular.

En los estudios se hacían esfuerzos. Durante un breve tiempo post 18 de octubre, actores que nunca habían sido invitados a un set de televisión narraban en pantalla un mundo hasta entonces escasamente visibilizado. Una joven abogada feminista se enfrentaba a los políticos más duros del sistema; un chofer del Transantiago confesaba que tenía cáncer, y qué no sabía cómo iba a seguir adelante. Una adulta mayor de Cerro Navia, tras más de 40 años de esfuerzo, contaba que había logrado la casa propia, pero que no podía dejar de trabajar a riesgo de perderla. Personas de carne y hueso se sentaron junto a algunos de los animadores mejor pagados de la TV, acompañando al alcalde Alessandri, al senador Kast, o compartiendo un despacho con el alcalde Jadue, todos pretendiendo conocer la realidad de los más desfavorecidos tanto o más que sus propios protagonistas. Un tardío e insuficiente ejercicio de empatía pública.

No siempre la brecha entre la pantalla y la calle fue tan profunda. Hace cuarenta años, cuando el primer matinal chileno vio la luz, la intención de sus creadores fue hacer carne el dicho “a quien madruga Dios le ayuda”, adelantando el inicio de transmisiones a las 07:00 horas, con Teleonce al despertar, conducido por Jorge Rencoret desde abril de 1980. La fórmula era simple: compañía, información, mucho servicio, utilidad pública y algo de humor para amenizar las mañanas de las siempre olvidadas dueñas de casa chilenas, que hicieron del espacio un éxito, durante una década.

Lo que pasó durante esas pocas semanas post 18 de octubre, cuando en los matinales aparecieron nuevamente personas reales con conflictos reales, no fue más que un breve paréntesis.

En marzo de 1992, TVN inició las transmisiones del Buenos Días a Todos a cargo de Tati Penna y Felipe Camiroaga, y la franja matinal definitivamente pasó a ser algo más que un simple relleno de la pauta televisiva.  Tenía una misión y una visión: conectar al país y a su gente a través de un programa que mezclara información, entretención y servicio. Por más de una década, “el matinal de Chile” se sumó a la mesa del desayuno, y se ganó a las personas, ya no solo las dueñas de casa, identificaban como suyo. El abrió el interés de los otros canales, asentando la competencia por la franja.

En esa era de oro, los matinales ponían la agenda social: cubrían problemas como las drogas, los migrantes, las minorías sexuales. Esa pauta, que los matinales hacían desde el lado comúnmente “blando” –es decir con testimonios en primera persona de sus protagonistas–, después se las tomaban los espacios “duros” de la TV, y finalmente la agenda política. 

La lucha por ser primeros comenzó a desnaturalizar las pautas, y poco a poco el público comenzó a ver en la mañana un desfile de contenidos reciclados de otros productos exitosos de la parrilla: los protagonistas del reality y la farándula, crónicas policiales, de narcotráfico, sucesos paranormales, ovnis, conspiraciones… y si eso no funcionaba, la vida y obra de quienes estaban en pantalla: animadores y panelistas celebraron sus cumpleaños, contaron sus penas, separaciones, fracasos y alegrías, el nuevo pololeo, pincharon en pantalla y se rieron de ellos mismos y de otros hasta más no poder, jugando en el límite del mal gusto.

Lo que pasó durante esas pocas semanas post 18 de octubre, cuando en los matinales aparecieron nuevamente personas reales con conflictos reales, no fue más que un breve paréntesis. Con toda probabilidad, la audiencia que enfrentaba a los periodistas en las calles esperaba que los matinales ofrecieran una pantalla abierta para mostrar al nuevo Chile, por tantos años ausente. Pero no fue así. Los editores prefirieron –o les ordenaron desde las direcciones ejecutivas– cerrar filas para apoyar una institucionalidad supuestamente amenazada. El resultado es lo que estamos viendo durante los últimos meses: la pantalla matinal convertida en vitrina y escenario de la apresurada carrera para ganar el próximo sillón presidencial.

La TV matinal y el público están divorciados. Detrás de esa pantalla ya no está la señora Juanita ni la Juanita 2.0. Hoy, tras el estallido social y el Covid-19 hay un espectador más variopinto y variado, que se informa también por redes sociales y medios alternativos, y que está cansado de ver a los mismos, peleándose y más tarde defendiéndose.

Hoy, independiente del canal que uno ponga, la pauta es homogénea: un ramillete de políticos elegidos desde la UDI hasta algunos representantes del Frente Amplio. Más allá, la izquierda casi no existe y los representantes del mundo social menos.

En las últimas semanas El Mercurio hizo público un estudio de Conecta Media, donde se aprecia claramente esta disparidad. En solo un mes análisis, siete alcaldes de derecha lideran las invitaciones al estudio. El primero: Joaquín Lavín, con 101 apariciones. Recién en el octavo puesto aparece Daniel Jadue, con 15.

La crisis del Covid-19 y la aguda crisis política que ha venido a profundizar, ha determinado un endurecimiento en las posturas editoriales y más homogeneización en los rostros que se invitan. Por eso resulta tan agotador ver una y otra vez a los mismos personajes pululando por los cuatro grandes canales de la TV chilena. El hecho fue analizado por un estudio del Instituto de Ciencias de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, comprobando la falta de pluralismo en todos los canales, incluido TVN. El documento del ICEI revela de manera empírica que la ley que establece el pluralismo en la TV es hoy “letra muerta”, pues al igual que otras empresas, los canales sirven a sus jefes y sus intereses, mientras las voces del nuevo Chile, de todo Chile, siguen ausentes de la TV.

La crisis del Covid-19, el descalabro humanitario que ha generado y la aguda crisis política que ha venido a profundizar, ha determinado un endurecimiento en las posturas editoriales y más homogeneización en los rostros que se invitan.

Como en un eterno día de la marmota, usted puede apagar su televisor el lunes en la mañana y volver a encenderlo el jueves a la misma hora, incluso en otro canal y en vez de Julio César ver a Tonka o a Diana Bolocco, con los mismos invitados y las mismas preguntas, como si fuera una disertación aprendida de memoria por cada uno de los actores de la pantalla. Así, la franja matinal se comporta como un alumno del montón que hace todas las tareas, pero por encimita, nada que agite las aguas, ninguna voz que ponga en duda que lo hecho está equivocado. Las pocas excepciones han ido en la dirección completamente equivocada. Como el bochornoso momento vivido por José Miguel Viñuela  en el estudio de Mucho Gusto, de Mega, que en una especie de clímax de ignorar el momento que vive hoy este nuevo Chile, le cortó el pelo al aire a un camarógrafo, esgrimiendo que era un foco de infecciones y ponía en riesgo a todos en el estudio. Una broma que en otros tiempos pudo quedar en nada terminó con la audiencia desencajada, Viñuela fuera de pantalla, récord de denuncias en el Consejo Nacional de TV, un sumario en Mega y el productor ejecutivo Pablo Alvarado fuera del programa.

La TV matinal y el público están divorciados. Detrás de esa pantalla ya no está la señora Juanita ni la Juanita 2.0. Hoy, el espectador variopinto y variado, se informa también por redes sociales y alternativos, y está cansado de ver a lo mismos, peleándose y más tarde defendiéndose. Así y todo, y quizás forzado por el encierro de la pandemia, los matinales han ganado un nuevo público, que los ve para criticarlos. Ahí está la oportunidad de volver a abrirse a los nuevos temas y actores sociales, y dejar de pensar que nuestro país empieza en la Quinta Región y termina en la Octava. Si los formatos van a sobrevivir, tiene que ser incluyendo a la gente, que hoy reclama una televisión inclusiva, abierta de mente, pluralista y más humana. Una nueva televisión.